“Toda gran mujer debe tener tras de sí… ¡una gran mascota! Desde pequeñita yo he venido notando la ausencia de esa compañía fiel del ser humano. En mi caso, no hablo de un perrito, ni de un gatito; hablo de Dama, mi conejita blanca. Os aseguro que fue amor a primera vista. Si bien es verdad que ‘discutimos’ a menudo, ya que yo soy la que tiene que estar para cuando ella quiera, y no al revés, como debería ser en el caso de cualquier otra mascota, el cariño que le he cogido en 8 meses no se puede comparar a ninguna otra cosa.

Llegar a casa después de un agotador día de trabajo y tenerla a ella mirándome deseando jugar, tener un mal día de esos en los que el llanto no cesa y que ella note mi tristeza y se suba a mi regazo para hacerme compañía o ver su carita cuando le compras algo nuevo para comer no tiene precio. Dama fue un gran aporte a mi vida tras el fallecimiento de mi padre, cuando mi casa se quedó medio vacía y parecía que faltaba un alma que le diese algo de vida.

Ahora es raro el levantarme de la cama y no verla por el pasillo dando vueltas o sentarme a desayunar de buena mañana y no encontrarla recostada sobre el cojín de la silla de al lado. ¡No sé qué más podría pedir de esta belleza! Llegó a mi vida el 1 de enero de este fatídico 2020, el primer día del año. Fue el regalo de mi pareja por nuestro segundo aniversario, después de haber insistido mucho en que me comprase algún animalito de compañía. Y es que yo misma no podía hacerlo, pues corría el riesgo de que mi madre me echase de casa por ello. Creedme, esta táctica funciona, haced que alguien os lo regale. 

Recuerdo la primera vez que la vi, apenas era una bolita de pelo blanca que cabía perfectamente en mi mano. Desde ese momento ya supe que era especial: y es que es muy raro encontrarse una conejita 100% blanca y con los ojos azul cielo como ella, ya que la mayoría los suelen tener rojos. Estaba muy asustada, los viajes largos en coche son algo que aún no le gusta a día de hoy. Y los cortos tampoco, para qué nos vamos a engañar. De hecho diría que lo único que le gusta en este mundo es el pan y comerme los zapatos.

El caso es que poco a poco fue creciendo y ganando confianza; ya se dejaba acariciar, empezó a disfrutar de las caricias y a perder el miedo. Aunque sigue sin soportar que la cojas cuando ella no quiere, si no que se lo pregunten a la veterinaria que la atiende, que ya no sabe qué hacer con ella ni cómo ponerle las inyecciones sin que salte de la mesa y se ponga a correr loqueando por toda la consulta.

La que veis en las fotos fue su primera salida al ‘campo’ fuera del recinto de mi casa. Se lo pasó en grande, empezó a curiosear como nunca, por todas partes. Y pese a mi temor porque acabase escapándose y perdiéndose entre los setos, se portó mejor que nunca. Era adorable verla sobre sus dos patitas traseras olisqueándolo todo y buscando la mejor planta del jardín para comer.

Ahora, tras casi un año a su lado, ya no me imagino cómo sería mi casa sin ella. Y es que la alegría que puede aportar en tu vida un animalito tan pequeño es algo que solo puedes saber si has tenido uno. Considero que toda persona debería hacerse con una mascota, ya que, en mi opinión, ayudaría a prevenir la ansiedad y la depresión, muchas veces ocasionadas por la soledad que sienten las personas en un mundo cada vez más globalizado. Paradójico”.

Texto: Ángela Precedo / Fotografías: Bea Barros / Vídeo: Sabela Freire