La recta final del otoño se antoja perfecta para disfrutar de las cumbres del Barbanza de la mano de Rodrigo Costoya, autor de la premiada novela “El custodio de los libros”. Las localizaciones de esta historia, ganadora del Certamen internacional de novela histórica “Ciudad de Úbeda”, nos servirán como guía en esta ruta donde mar y montaña son igualmente protagonistas.

Galicia, S. XV. El final de la Edad Media se presenta convulso en un territorio -el antiguo reino perteneciente ahora a la Corona de Castilla- cada vez más cercano a un enfrentamiento armado entre clases sociales. Monumentos megalíticos de cuatro milenios de antigüedad, construcciones ciclópeas abandonadas, fortalezas hidalgas cercadas por las hogueras y dos monasterios, uno en la montaña y otro en la ribera. Estas son las estampas que protagonizan esta panorámica. 

Es un lugar singular. Montes escarpados (sierra del Barbanza) y un mar invernal (ría de Arousa), última frontera de nuestra especie, se dan la mano con una espectacularidad difícil de superar.

Afrontamos la exploración de este territorio paradisíaco pero salvaje a través de cuatro rutas distintas. Cuatro itinerarios a través de los ojos de los personajes de la novela.

  1. De Goiáns a la Xunqueira. La fortaleza de Boiro se alza sobre el estuario del río Coroño, a espaldas de la llamada Praia Xardín. Entre ella y el bastión del Caramiñal recorreríamos la ribera de Escarabote, o Conchido y a Ribeiriña -todo por una costa urbanizada pero que permite apreciar la grandiosidad de la ría- hasta llegar a A Mercé. En esta casa grande también llamada priorato pasó Valle Inclán unos años dedicado a la explotación agrícola y ganadera. Desde allí, la costa nos guiará hasta A Pobra do Deán y, un poco más adelante, a la Torre da Xunqueira. De la unión entre la población que pertenecía al deán de Compostela y la villa que se extendía ante la playa del Areal nació en 1822 lo que hoy conocemos como A Pobra do Caramiñal. Tanto el señor de Goiáns, Ares López, como el de esta última fortaleza, Estevo da Xunqueira, son protagonistas de nuestra historia.
  2. Hacia el cielo de Vitres. Esta es la ruta de la huída de Baia Cameán, guiada por el monje guerrero Luis de Ligunde. Empieza en la torre de Goiáns, donde la niña se ha visto arrinconada por la furia vengativa del León de Junqueras. De allí remonta el río Coroño en una subida con fuerte desnivel, y después el Cachopo hacia las aldeas de Mosquete o as Escobias. Desde allí seguimos subiendo hacia las cumbres que ya se recortan contra el cielo para llegar a la ciclópea calzada de Vitres, un prodigio de la ingeniería de caminos cuyo origen se pierde en la bruma. Sea romana, como afirman algunos, o medieval, como parece mucho más probable, este tramo de calzada salva la pendiente con codos y muros de contención que dejan sin aliento. Más arriba, encaramado a una cumbre granítica, llegamos a nuestro destino: las ruinas del castillo de Vitres. Desde allí pudo contemplar el panorama el monje guerrero Luis de Ligunde, bibliotecario de la Misarela, un atardecer ya lejano.
    “A la luz del ocaso, todo el mar de Arousa se extendía bajo sus pies. En la lejanía se vislumbraba la isla de Sálvora y el margen sur de la ría. En medio, la gran isla se veía rodeada de islotes, arenosos unos y pedregosos otros. Mar adentro se apreciaba un horizonte azul donde se confundía el cielo con la línea del océano. Y justo bajo sus pies, casi en vertical, quedaban en calma las tres villas de ribera que él ya conocía. El Caramiñal, la Puebla del Deán y Boiro.”
  3. Túmulos milenarios. La ruta de los dólmenes trazada por Vítor Barbeito, arqueólogo del Concello de Boiro, empieza cerca de la cumbre de ese gigante llamado Iroite. La línea de cúspides de la sierra está jalonada de antas, marcando un camino más antiguo que la propia memoria humana.
    “Desde lo alto de la roca, Luis oteó el panorama en la dirección hacia la que señalaba el dedo de Tato y pudo distinguir en la distancia un túmulo descomunal. Más grande, de hecho, que ninguno que hubiera visto antes. En efecto, el tiempo había erosionado la tierra del exterior y las piedras habían quedado a la vista, así como el corredor de la cámara funeraria.
    La tumba, vista desde allí, parecía la entrada a una pequeña cueva.
    —¡Arca del Barbanza! —exclamó el criado, ufano.”
    Esta ruta está descrita con minuciosidad en la web del centro arqueológico situado en pleno castro de Neixón (https://www.centroarqueoloxicodobarbanza.org).
  4. La mudanza de los monjes. El marco de nuestra historia es el traslado de la congregación de San Xoan da Misarela a San Antonio da Pobra a finales del S. XV.
    “—Vicario, al fin nos conocemos en persona. —El fraile barbudo, en cambio, no alteró el gesto serio que traía—. Veo que no exagerabais al describir la Misarela.
    Muchas cartas habían volado en los últimos tiempos. El vicario Alonso de Noia había tratado de convencer su ilustre invitado de que su eremitorio era el lugar que estaba buscando. Aislado, alejado de la civilización y próximo al cielo. Un remanso de calma y espiritualidad en el que un puñado de monjes vivían retirados del mundanal ruido, dedicados a la vida contemplativa.
    «Justo lo que vuestro tesoro necesita, fray Luis», insistió una y otra vez.
    El monje miró alrededor y asintió. En efecto, aquel podía ser el lugar apropiado. Un cenobio humilde que tiempo atrás, cuando el camino era más transitado, había sido también hospital. Un pequeño conjunto de edificaciones apiñadas en varios niveles que trepaban montaña arriba, y una capilla antigua en un lateral del angosto recinto.”

    Ninguno de los dos monasterios ha sobrevivido al paso del tiempo, pero podemos ver sus ruinas. De todos modos, comenzaremos nuestra ruta subiendo al mirador de la Curota. Tras haber disfrutado de las vistas seguiremos por la pista asfaltada CP6705, que en tres kilómetros nos llevará al pequeño puente sobre el río de San Xoan. Es el momento de dejar el coche y empezar a caminar junto al cauce, que pronto empezará a despeñarse monte abajo. El camino señalizado bordea un curso de agua que va de cascada en remanso hasta la confluencia con otro río, el Barbanza. Es el lugar conocido como “Piscinas naturales del río Pedras”. Pues bien, en ese lugar, junto al puente medieval de piedra, se encuentran las ruinas del eremitorio de la Misarela. Desde aquí los indicadores nos llevarán hasta a Pobra y de allí, siguiendo la playa del Areal, llegaremos a San Antonio. El mismo trayecto que hicieron los monjes hace 550 años. Historia perdida de nuestra tierra que hoy podemos revivir paso a paso.