Pocos sentimientos son tan parecidos a los que sienten los peregrinos cuando cruzan los arcos de la praza do Obradoiro. Su llegada es similar a una especie de redención: una redención con la vida, una redención con el físico y una redención con el pasado. Una especie de promesa de futuro que todos contemplamos en sus rostros a la vez que ven la imponente catedral y su alargada sombra hasta los arcos del Pazo de Raxoi. Somos capaces de comprender que este sentimiento es difícil de encontrar en cualquiera parte del planeta. Con todo, no muy lejos de ahí, en la misma tierra mágica que es nuestra Galicia, hay otro lugar donde florecen esas mismas caras de ilusión, de asombro, de promesa y de esperanza: Fisterra.

Conocida por todos como el fin de la tierra, el fin del mundo, donde reamente termina el Camino del Apóstol, el que realmente representa Fisterra para quien la pisó es un comienzo. Después de contemplar el Atlántico tras pasar al lado de la bota del peregrino, muchos confiesan tener priorizado sus necesidades y reprogramado su cerebro. Entre Santiago y Fisterra, con otros muchos concellos de nuestra Galicia meiga entre medias, hay una conexión muy particular llamada Camino a Fisterra-Muxía. Es una de las variantes más especiales de la ruta xacobea y muchos la emprenden después de estar en Compostela y otros que conocen más el suelo picheleiro buscan algo nuevo en ella.

Para hacer el Camino al último «reducto de tierra conocido» como es este punto de la Costa da Morte, tal y como se conocía hasta finales de la Edad Media, hay variantes. Se puede caminar primero hasta Fisterra o hacerlo hasta Muxía pero, en cualquier caso, ambos son igual de especiales ya que en ellos se cruzan algunos de los puntos más hermosos de nuestra geografía. El comienzo no puede ser mejor: salir del Obradoiro después de pasar por el antiguo Hospital Real y cruzar una de las joyas más desconocida de la capital picheleira, la Rúa das Hortas. A los pies de la imponente carballeira de San Lourenzo,a la que Rosalía de Castro dedica uno de los poemas de esa gran obra llamada Follas Novas, y acompañados por el sonido del río Sarela, la ruta comienza hacia los concellos de Ames y Negreira, donde se pueden ver núcleos tan especiales como el que forma Ponte Maceira. Puntos como Negreira esconden además parte de la historia de la literatura, ya que a esta villa medieval aludió Ernest Hemingway en Por quién dobaln las campanas.

Esta parada de la ruta esconde otros tesoros como el pazo de O Cotón. Los caminantes encontrarán a esta altura del recorrido uno de los puntos de mayor interés paisajístico: el monte Aro, que desde sus casi 600 metros de altura abraza a toda la Terra de Xallas. eN ella hay enclaves tan peculiares como la fervenza de Mazaricos. Siguiendo la ruta hacia Fisterra, tras pasar por el santuario da Nosa Señora das Neves, se coge el camino hasta el Cruceiro da Armada, donde el caminante contempla el cabo Fisterra por primera vez. Al fin de la tierra se llega tras bordear los dos kilómetros de formaciones dunares en la hermosa y extensa Praia de Langosteira.

Una vez en Fisterra, el mundo se siente a los pies del caminante. Los que queden con fuerzas pueden hacer un último esfuerzo para llegar a Muxía, donde los recibirá el santuario de Nosa Señora da Barca, al que se llega bordeando el Monte Corpiño por el llamado camiño da pel. Los peregrinos que hicieron parte de la ruta, se encontrarán en su toponimia un símbolode respeto y purificación .

 

El Camino de Santiago a Fisterra-Muxía, a pesar de ser menos transitado que el Francés o el Inglés, es para muchos una de las rutas más especiales. Es la verdadera culminación. «Realmente sorprende porque encuentras cuidadas y paisajes que no esperabas», «deja la boca abierta por sus playas vírgenes, la selva que se esconde mientras te bañas en ellas, incluso la temperatura del agua sorprende», explican algunos de los peregrinos recientes. Más allá de la ruta, en A Costa da Morte, está una parte del ADN gallego: un océano azul oscuro y un manto verde musgo en el que habita la gente con gran corazón y gran carácter. Mención especial a las mujeres del mar, que se ocuparon de la casa y la familia a mientras los maridos iban a faenar. Y a las marisqueiras que llevan el pan cada día a casa. Más allá del camino de las flechas amarillas, villas marineras como Laxe o Camariñas, a la que tanto cantaron desde Luz Casal hasta Rosa Cedrón, permanecerán para siempre en los ojos y en el corazón de los que las visiten.