“Me encantaría decir que escribo por vocación, que paladeo las palabras, las retuerzo y las coloco esperando obtener en el lector una reacción concreta, y que, cuando esta sucede, me siento complacida y satisfecha. Me encantaría decir que soy una escritora metódica y organizada, pero no lo soy. Para mi, supongo que como para tantos otros, escribir es más una necesidad que un placer, una especie de terapia que me permite no volverme completamente loca.

No soy capaz de recordar qué fue lo primero que escribí. Probablemente, fuese un cuento breve protagonizado por mis amigos y por mi misma. O puede que fuese un poema, quién sabe. Sí recuerdo, sin embargo, la maravillosa sensación de leer alguno de mis cuentos en clase, y que mis compañeras aplaudiesen y riesen. También recuerdo haber escrito algún poema que me salvó de hundirme en ese mar oscuro y tenebroso que es la adolescencia, e incluso un relato breve que me hizo sentir, por primera vez, orgullosa. 

Así que escribir siempre ha sido una parte de mi, como las pecas de mi nariz, o mi manía de morderme el labio cuando estoy nerviosa. Pero publicar, eso… eso estuvo en la ecuación cuando era joven, y dejó de estarlo cuando comencé a dedicarme a tiempo completo al periodismo. Y, sin embargo, aquí estamos, mi yo presuntamente adulto y el primer libro que publico bajo mi propio nombre, un poemario que es, probablemente, bastante más visceral que íntimo, y bastante más personal que necesario. Pero aquí estamos. 

Tomar la decisión de publicar fue difícil. De hecho, creí que sería lo más difícil del proceso, porque escribirlo fue sencillo, necesario, algo hecho con las tripas y sin pensamiento alguno, y recopilarlo fue algo natural, casi premeditado. Creí, ya digo, que decidirme a publicar sería lo difícil. Pero me equivocaba. Lo difícil llegó luego, cuando la certeza de que el texto estaba ya en la calle me arrolló como un tren de mercancías. Una parte de mi -no todo, puede que no lo importante, pero yo, al fin y al cabo-, desnuda y desvalida, expuesta. Mostrando al mundo el flanco débil. Y no, no me arrepiento”.

 

Mis libros de cabecera

Stephen King, en general, y, en particular, El Resplandor e It, dos novelas absolutamente magníficas. Y La Historia de Lisey, una maravilla también. Son novelas evasivas, que te enganchan, con tramas estupendas y tan bien construidas que es imposible escapar de ellas.

Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez. Esta novela fue el impacto más grande en cuanto a sorpresas lectoras en muchos años para mi. Oscura, con personajes complejos y llenos de matices y aristas, rozando el realismo mágico clásico de la escuela iberoamericana… me parece un imprescindible.

1Q84, de Murakami. Este libro es toda una obra de arte, una mezcla única de aventuras, realismo mágico y romanticismo, me mantuvo enganchada durante muchas noches en vela.

BONUS TRACK: Alex, de Pierre Lemaitre. Lemaitre es un genio literario incomparable, y es capaz de flucuta de género sin despeinarse. Pero como fan confesa de la novela negra no puedo dejar de recomendar Alex, parte de la saga del comandante Camille Verhoeven, probablemente uno de los personajes mejor construidos del género. Esta novela es tan sorprendente como oscura.