Músico, actor y guionista, David Perdomo (A Coruña, 1980) es uno de los nombres imprescindibles del humor en Galicia, y aunque su fama inicial se la debe a su creación del ‘koruño’, ha demostrado con creces ser mucho más que ese personaje que también le abrió las puertas en Madrid. A sus cuarenta años, Perdomo, amante de los tatuajes y lo oscuro, y con un mundo interior “muy rico”, asegura sentirse en un momento vital muy feliz. Atrás quedan sus intervenciones en programas de la TVG como ‘Land Rober’ y sus directos de Internet junto a su gran amigo Xosé A. Touriñán durante en confinamiento, para disfrutar intensamente de una etapa llena de proyectos, convencido de que “cuando generas energía bonita, el mundo te acaricia”.

¿Cómo fueron tus inicios y qué te llevó a Casa Hamlet?

Tenía 18 años y era un bala perdida. No era travieso ni rebelde, pero sí tenía poco interés por las cosas del colegio, aunque sacaba buenas notas en las materias que me interesaban. Lo conseguía con facilidad, pero me sentía un poco fracasado, como que no encontraba mi sitio. A los 14 años entré en un grupo de música con otros chavales que hacían versiones y me obsesionó el punk, fue el motor, la rebeldía de rebelarte. Por otra parte, en casa jugaba con mi primo a las películas, a inventar tramas, y aunque yo no era el típico gracioso de clase, se me daba bien imitar a los profesores; me lo pedían y salía a la pizarra a hacerlo. Creo que sin darse cuenta, me dieron ciertas claves para la interpretación.  

¿Cómo fue la experiencia de la Escuela de Teatro?

Llegué a Casa Hamlet por amigos. En aquel momento estaba trabajando de joyero con mi padre, que era orfebre, compaginándolo con el grupo de música punk, imagínate lo que era aquello en la Galicia de los 90. Y en Casa Hamlet, la verdad, es que recogí los frutos pronto. No se me daba mal y al segundo año estaba ya en la compañía profesional. Es como que la vida me fue dando pistas de lo que quería hacer. Soy un tipo afortunado. Aquello me ayudó a afianzarme y a encontrar una identidad que tenía, pero que hasta el momento no me lo había permitido. Lo recuerdo como algo dulce, casi epifánico. De repente brillaba en algo. Hubo una sensación muy gratificante, y aunque mis padres no lo entendían igual, tampoco les pilló por sorpresa.

Pero ya estuviste encaminado desde el principio. Con obras, Leo Bassi…

Cuando encuentras tu pasión de verdad, ya no la sueltas. Sí que tengo que decir  que al principio no eres consciente de quién eres realmente; yo quería ser galán, un marlon brando, y la comedia tropezó conmigo. Me di cuenta que yo era un tipo ocurrente, que hacía gracia, y después de ganar mi primer concurso de comedia improvisando, me dije, “bueno, este es el camino”. No era lo que tenía pensado, pero… 

¿No te veías gracioso?

Nunca lo fui, ni en el colegio. Soy profundamente tímido. La gente tiene una imagen jacarandosa tuya y parece que tienes que estar riéndote todo el rato. Pero yo creo que el ser payaso tiene que ver más con la ternura, con autoprotegerse. El sentido de humor  tiene que ver con la aceptación de uno mismo y el entendimiento, y no es fácil, exige mucho trabajo. Ahora lo entiendo, lo acepto y puedo reir, pero yo quería ser Marlon Brando. Años después aparecería el koruño y cambió el curso de las cosas.

Hay varios puntos de inflexión en tu carrera…

Sí, tuve varios nacimientos; voy por mi tercera venida a ver si afianzo (sonríe). Siempre me ha parecido ir dando tumbos, tener siempre la sensación de a ver si lo peto y dejar de ser una promesa. Me he visto tambaleando siempre, pero creo que ha sido más una percepción mía que del resto de la gente. No es que no me aceptasen los demás, sino que era yo el que me ponía un escudo y excusas.

Sobre todo desde los directos de Instagram durante la cuarentena

Lo que ha pasado con Touri durante ese tiempo ha sido maravilloso, y es de lo que más orgulloso me siento por una cuestión humana, pero también egoístamente, porque creo que la gente me ha podido ver como soy, me ha descubierto… No solo soy el colgado con tatuajes, también una persona profunda, con mis historias, hay algo más… Para mí supuso la oportunidad de poder decir “ahora si no te gusta como soy, ok, pero Perdomo es este que ves”, y poco a poco la gente lo fue descubriendo.

¿Cómo surge ‘el koruño’?

Se lo debo a un amigo del alma al que adoro, Alberto Castaño al que adoro. Era un personaje que hacía en teatros, improvisaciones, y fue él el que me hizo salir a la calle a grabar un vídeo haciéndolo. Fue en 2009, cuando vivía en Santiago y trabajaba como guionista en la tele. El vídeo se hizo viral muy rápido. Recuerdo que salió en noviembre y ese Fin de Año fue increíble. Todo el mundo me pedía fotos… no recuerdo nada igual.

Y dio paso al ‘pijo’ como contrapunto.

Sí, salió después, el koruño emppezaba a funcionar y ya salían los cuervos diciendo que parecía que solo podía hacer ese papel ¿y eso con solo dos vídeos! Saqué el pijo para demostrar que no era así. Lo cierto es que me gusta reírme de la que gente que no se ríe. Hay que desatanizar las risas, ser más niños . 

Tener un personaje de tanto éxito como el koruño, ¿te ata a él?

Es un personaje que tiene relevancia, yo parasito en él, incluso lo hago a veces estando solo en casa, para mí mismo, y me río mucho. Reconozco que en algún momento he tenido la soberbia del artista, ese punto de decirme que no lo hacía más, pero ahora no me importa, si lo quieren, lo tienen. Me molesta más cuando se vuelve un imperativo y parece que no existe David, pero en general no me importa. Hubo un tiempo que lo veía como un lastre y a día de hoy lo veo como una bendición. 

¿Y cómo es ese David tras los personajes?

Detesto la divinización del artista, aunque yo me considero más un artesano, en el sentido de que sé fabricar esto. Soy un menda normal de barrio al que le gusta la música metal, los tatuajes, la Santa Inquisición, los asesinatos, la mafia, los temas oscuros, los vampiros… muchas cosas feas, pero también tengo un mundo interior rico. Sinceramente, lo del ego de artista lo perdí.

También me caigo de puta madre y duermo que flipas, muy tranquilo. Vivo  como pienso y odio la hipocresía, no juego a ese juego. Yo digo lo que quiero y actúo como pienso. 

¿Optimista?

Hay que abrazar el amor, la concordia y la gratitud. Vivimos en un mundo increíble y si tú quieres puedes generar oxitocina, si quieres puedes ser guay porque puedes generar buenas acciones y vas a hacer que otros también las hagan. Me cansé de negatividad, y aunque mi discurso parece de odio, es todo lo contrario; es de risas, de humildad, de optimismo. Yo no tengo tiempo para la negatividad. Me han pasado cosas muy duras,  como a todos, pero ser víctimas no es el camino, no se va a ningún lado. Y el humor pasa ahora por eso; hoy por hoy mola ser víctima, ser perdedor, quejarse. La vida es lo que tú decides que sea. Las putadas no te las va a quitar nadie,  pero hay que vivir de otra forma, aunque no sea fácil.  Yo duermo de puta madre y lo valoro.

¿Qué supuso ‘Land Rober’?

Muchas cosas. Empecé en él en 2009, siendo guionista de CTV, y estuve hasta este 2020 que me fui. Supuso un curre alimenticio, en Galicia, y darme cuenta de que mi sitio no está aquí. Le agradezco mucho todo, pero no es mi sitio, nunca lo fue. No es mi humor ni me siento a gusto, solo era un 20 por ciento de mí. Esa sensación nunca ha estado. No es mi humor ni la gente lo entiendo, no es mi publico. No soy lo que pretendían vender de mí, siempre me han querido encajar y no han sabido dónde. Aquí la gente se muere por currar en una serie de la TVG, pero yo no, y ahora mismo menos; hay demasiados intereses, no le veo el sentido. Mi vida va por donde quiero que vaya. Soy un tipo feliz y  seguro de mí mismo que duerme tranquilo. Tengo mi familia cerca, mis amigos, no me falta de nada… en la pandemia ví que ayudaba a la gente con lo que hacía y eso fue maravilloso. Siento que estoy haciendo lo correcto. Pretendemos siempre que las cosas cambien sin hacer demasiado.

¿Y el programa ‘No le digas a mamá que trabajo en la tele’ para Telecinco?

Fue en 2011 tras hacer un casting al que me llamaron tras haber visto el vídeo del koruño. Había gente muy potente, aunque el programa no cuajó. Lo más bonito fueron las amistades que se hicieron ahí. Por ejemplo con Dani Rovira y Raúl Pérez, el mejor imitador del mundo; son mis hermanos del alma, y solo estar con ellos y respirar lo mismo fue… ¡buah! También ver Madrid. Si no tenemos suerte es la misma mierda, porque lo que queremos todos es expresarnos y el negocio a veces no te deja, pero para mí supuso conocer a grandes amigos que aún a día de hoy son pilares fundamentales en mi vida. 

Fijate que muchas veces con lo que te quedas es con el valor humano, la gente que conocí, el aprendizaje que saqué… Me pagaban muy bien, tenía una gran casa, pero me sentía muy solo, muy triste. Me di cuenta que yo era una persona mucho más simple, que no me interesaba eso. Soy muy chico de barrio y mis amigos son los que le hablan a David.

Otro punto de inflexión en tu carrera ha sido lo que se generó en las redes con Touriñán. ¿Cómo viviste tú la pandemia?

Ha sido lo más importante de mi vida, al menos a día de hoy, por cómo lo valoro. El año 2020 esta siendo convulso, interesantísimo y ha traído cosas maravillosas,  aunque suene muy misántropo. Lo que ha pasado ha sido necesario; lógicamente ha sido una movida, con cosas terribles y ha tambaleado todo, pero creo que nos hacía falta para espabilar, porque nos encanta vivir en la nebulosa de no pasa nada hasta que pasa y no sabemos que hacer, y creo que ha sido interesante por eso. Hay mucha gente que ha tenido un cambio a novel emocional, nos hemos hecho muchas preguntas… humanamente y de forma individual pienso que ha sido bueno para los que lo hayan querido aprovechar, pero a nivel social para nada, y desde luego, no nos ha hecho mejores como colectivo. A mí me hizo mirarme para dentro, como los monjes de clausura, y descubrir muchas cosas de mí que no sabía.

¿Y cómo llevas tú lo de las redes sociales?

Tengo épocas de desintoxicación. La regla de oro de Instagram es mostrar lo que no eres. Han tenido mucho impacto en mi vida, para mal, porque no las puedes controlar. Tampoco puedo prescindir de ellas, porque las necesito para venderme. Es un arma peligrosa si no sabes utilizarla con cabeciña. Instagram es una mentira gigante y yo no entiendo muchos de sus códigos, aunque estoy en este punto de que si para tí cuatro y cuatro son nueve y te hace feliz, pues bueno, me vale.

¿Eres supersticioso?

‘Claro, doy asco! Soy todo cosmos; cosmogonia, numerologia, el  chamanismo… ¡soy muy flipado!

¿En qué momento vital estás?

Duermo bien y me levanto a las seis de la mañana para exprimir al máximo el día. Cuando generas esa energía tan bonita, el mundo te acaricia. No quiere decir que no te pase nada malo,  peros la energía es diferente y estoy feliz con las decisiones que he tomado. He tenido una ruptura sentimental, he dejado de trabajar en Land Rober… pero sin traumas, sin odio ni rencor. Se han terminado porque quería que mi vida fuese por otro camino. Cuando te das cuenta de que lo que haces es un error, dejarlo es un alivio. Hacer lo correcto te da alegría, y por eso mi energía y lo que proyecto ahora son mejores. Cuando las relaciones son tóxicas, los conflictos humanos son inevitables. Pero no tengo resquemor, solo agradecimiento a la vida. Muchas cosas pasan para darme cuenta de lo que sé ahora y me hacen imbatible para otras futuras. Yo me siento mejor persona y estoy en un momento muy bueno, con mucha fuerza.

¿Te gustaría seguir haciendo algo relacionado con eso?

Touri y yo teníamos claro que lo que hacíamos tenía utilidad allí, en las redes, y en esos momentos. No queríamos hacer negocio con eso, fue algo que surgió de forma espontánea y que fue creciendo sin guión y sin planificar. Cincuenta horas de humor, sin más, que se acabaron. Yo no tengo ganas de hacer esto en la tele, ya vendrán cosas nuevas. Lo de estirar el chicle hasta donde dé es muy español, pero yo creo que es mejor dejar a la gente con ganas que dar cucharada de más, y me lo aplico a todo.

Volviste este verano a los escenarios con un espectáculo. ¿Cómo ha sido el reencuentro con el público?

Las energías son un poco raras, pero las funciones han ido muy bien. Mi espectáculo es abierto siempre y voy improvisando mucho, nunca es un show igual. Voy al límite. Creo que he cambiado tras la pandemia: soy más ácido, menos pasional y vehemente, y más acorde a cómo son los cuarenta años que me están mirando por encima del hombro. 

¿En qué andas metido ahora?

Estoy escribiendo una película. Tengo ganas de escribir algo y también estoy a vueltas con un proyecto musical. Estoy con un amigo mío que hace hip hop, cantando melódico por encima de las bases hechas con videojuegos de los ochenta. Suena un poco a Despeche Mode por momentos , y es muy experimental. Y estoy encantado, porque soy más cantante que actor. Escucho todo tipo de música y tuve bandas de country, blues, trash… siempre he estado metiendo el hocico. Lo de ahora es un poco experimental; estamos sacando cosas muy chulas que creo que van a gustar. La gente se sorprenderá.

Así lo veo: «Aunque nunca lo hubiese imaginado, David Perdomo y yo descubrimos en nuestro primer encuentro que coincidimos en muchas cosas; en nuestros gustos eclécticos, nuestra vehemencia, nuestro rechazo absoluto a la hipocresía y la deslealtad, el punto de no retorno casi inconsciente que aplicamos a las rupturas, y la pasión como leit motiv para todo lo que abordamos. A ambos nos mueve el corazón y ambos creemos en el poder de las buenas energías. Somos de piel y de flechazos, aunque creo que él tiene menos paciencia que yo, y desde luego, a él le gusta madrugar y hacer deporte mucho más que a mí. En nuestro primer encuentro empezamos hablando de sus recuerdos de infancia y de la importancia de la familia en su vida, y terminamos divagando sobre las relaciones y la felicidad como único objetivo vital. Más allá del músico que amaba el punk, del actor que quería ser como Marlon Brando, del cómico que triunfó como koruño o del tipo gracioso que nos animó la cuarentena con sus directos, está el David Perdomo visceral, profundo y reflexivo que busca su sitio, al que le gusta hacer deporte, perderse en los paisajes de San Andrés de Teixido y pasear a su perro por el Monte de San Pedro. Un buen tipo, convencido de que lo que hay que hacer es «asumir la vida como viene y darle brillo».

Ana Iglesias – @anitaisix

Texto: Ana Iglesias // Fotografía: Paula Amati // Vídeo: Sabela Freire