El sueño americano existe. Es posible. No es un mito. Pero quien crea que la lluvia de oportunidades para prosperar y tener éxito en Estado Unidos no tienen un tributo… está absolutamente equivocado. Triunfar en el deporte de la primera potencia mundial exige talento, exige trabajo, exige sacrificios, lágrimas y fuerza para superar las desilusiones y los tropiezos. Llegarán los éxitos, los trofeos y las alegrías, pero ¿merece la pena el peaje? Blanca Millán (Santiago de Compostela, 18-05-1998) no duda en su respuesta. Después de cinco años defendiendo la camiseta de la Universidad de Maine en la NCAA, de cerrar su etapa como una de las cinco mejores jugadoras de la historia del equipo de baloncesto conocido como las Black Bears, de compartir entrenamientos con los Washington Mystics de la WNBA, ha regresado a casa con un bagaje personal, profesional y académico envidiable y a la espera de un futuro sin límites. Porque la compostelana ha demostrado que no hay barreras que no se puedan derribar.

Maine es uno de los estados con más encanto de Estados Unidos. Un escenario recurrente a la hora de ubicar algunas de las mejores novelas del género romántico y destino de vacaciones, tanto en verano como en invierno, de muchos afortunados. “Es una atracción”, sentencia la santiaguesa. “Todo el mundo quiere ir a veranear ahí porque las playas son súper chulas, las montañas son increíbles… En invierno también, aunque nieva sin parar y lo único que ves es blanco por todas partes y hace un frío terrible”, añade. Y esa zona privilegiada del mapa es la que Blanca Millán eligió, con tan solo 17 años, para formarse como jugadora -y persona-, en una transición hacia la edad adulta plena de momentos inolvidables.

En su día no entendió la reticencia de sus padres, Silvia y Carlos, para retenerla en el colegio Peleteiro hasta que acabase el bachillerato. Siempre destacó en el baloncesto de su club, en España contaba con reconocimiento, como lo demuestra la medalla de bronce que se colgó en el Europeo sub-16 formando parte de la selección española, pero soñaba, dormida y despierta, con continuar su carrera en Estados Unidos. “Hay una parte de mí que sí entiende la decisión de mis padres, pero otra no. La que no es porque viendo cómo reaccioné y cómo me fue allí, creo que hubiera sido capaz de hacer lo mismo con un par de años menos. Pero lo entiendo también, porque tenía solo 17 y el primer año no fue nada fácil, tanto por el inglés, como por acostumbrarme a la vida americana, y no fue tan sencillo como esperaba. Ahora que tengo tres carreras (Kinesiología y Educación Física,  Nutrición y Desarrollo infantil y Relaciones familiares) me doy cuenta de que los estudios en Peleteiro me han ayudado muchísimo. Fue una decisión muy sabia”, recapacita.

Le llegó el tiempo para triunfar. En cinco años fue elegida dos veces mejor jugadora y mejor defensora de su Conferencia (2019 y 2021), algo que nadie había logrado con anterioridad, y es leyenda ya de las Black Bears como quinta anotadora histórica de Maine (1974 puntos), segunda en robos (324) y tercera en triples (216). También este curso fue incluida en el quinteto ideal del torneo de la America East y elegida mejor jugadora extranjera del año. A eso suma los dos campeonatos de la Conferencia America East. “Hasta hace una semana no me había parado a pensar en todo lo que hice en Maine, pero sí me doy cuenta de que posiblemente han sido cinco de los mejores años de mi vida a nivel personal, no solo a nivel de baloncesto, y tuve muchísima suerte tanto dentro como fuera de la pista porque desde el primer momento me trataron súper bien y me dieron todo lo que necesitaba y más, para sentirme cómoda. Para sentirme como en casa estando tan lejos de ella”, medita Blanca, que añade: “Todos los premios y todo lo que logré son una recompensa muy grande, pero creo que lo más importante fue lo que me hicieron crecer como persona, la gente que conocí y que es familia ahora para mí”.

Porque por encima de los puntos, de la defensa o de los triunfos, el sistema deportivo americano encierra infinitas lecciones que van más allá del parqué: “Sobre todo lo ética de trabajo, tener que estar todos los días a una hora específica para la sesión de pesas, después siempre tres horas de pista y ser muy constante con lo que haces para ser la mejor. Eso me enseñó mucho en la pista, pero también fuera. Porque si quieres ser la mejor en tu trabajo o en lo que sea, vas a tener que ser igual de constante y dar siempre lo máximo. Ellos a eso le dan mucha importancia, a respetar al resto, a los compañeros, a hacerlo por tí, pero también por el equipo”.

Blanca es una sonrisa permanente. Es dulce, comedida en sus palabras, sin la timidez de hace cinco años pero con un halo a su alrededor que inevitablemente llama a la ternura y a la empatía. Cuesta creer que alguna vez se enfade, o pierda los nervios. Aunque en estos últimos cinco años se ha visto sometida a duras pruebas que podrían haber minado la fe o la confianza en sí misma, se ha levantado una y otra vez cuando las lesiones le apartaban del camino. La primera cirugía en Estados Unidos fue en 2018, tras acabar la temporada: una intervención leve en la rodilla izquierda para recomponer un cartílago dañado, pero el pasado curso le tocó vencer a la temible rotura del ligamento cruzado anterior. “En la primera tuve suerte y mi hermana y mi madre estuvieron conmigo al inicio de la rehabilitación, además tampoco era una operación grave, pero la segunda, más complicada, coincidió con todo esto de la COVID. Estaba un poco más atrapada y de ahí los dos años enteros sin poder venir por España, porque primero me operé y luego se juntó con la pandemia. Fue duro; mi madre vino la primera semana y luego me tuvo que dejar y estuve 6, 7, 8 meses sola, pasé todo el verano también sola”, confiesa. ¿Y en quién se apoyaba Blanca en esos momentos? “Esas cosas te enseñan. La persona más importante para mí fue la fisioterapeuta del equipo, con la que casi no tenía una relación y a partir de ahí pasó a ser como mi segunda madre. La gente que estuvo en ese proceso de rehabilitación se convirtió en muy importante para mí. A través de Face Time y todas esas cosas mi familia seguía lógicamente siendo mi pilar básico, a quien le lloraba de desesperación y le contaba las alegrías, los avances…”.

Decían los emigrantes retornados de los años 50, 60 y 70 que nunca se vuelve de todo. Siempre hay una parte de ti que queda en aquel país que te dio cobijo. A Blanca Millán le sucede ahora algo parecido. “Desde que estoy en Santiago a mi círculo más cercano intento llamarlo por lo menos una vez a la semana, a mis mejores amigos y amigas que aún están allí lo mismo, porque los echo mucho de menos, ya que me pasaba las 24 horas del día con ellos. Pero hay que mirar el lado positivo y yo podré ir a verlos y ellos igual. Todos quieren venir a España”, se ríe.

Y en medio de la locura de ese adiós a Maine y a la etapa universitaria le llegó la oportunidad de entrar en el draft de la WNBA. Algo así como la guinda a una carrera excepcional. No hubo final de cuento, pero sí un epílogo que jamás se pudo imaginar. “Todo el mundo me preguntaba si estaba triste o decepcionada pero la verdad es que no. Cuando me presenté al draft sabía que era muy difícil. Fue un motivo más para estar con mis mejores amigas y amigos porque esa noche nos reunimos todos en mi casa, pues aunque sabíamos que las opciones eran muy bajas todos quisieron estar conmigo. Obviamente no fue lo que me esperaba porque me gustaría ser drafteada, pero dos días después me llamó el entrenador de los Washington Mystics de la WNBA para el ‘training camp’ y fue como si lo hubiera conseguido”, relata rebosante de orgullo.

Al final no fue fichada. Es consciente de que la experiencia y el físico que exige la mejor liga profesional del mundo aún es un hándicap para ella así que, ya en casa, con los suyos, baraja junto a su agente su próximo destino ya como jugadora profesional de baloncesto. “La intención es, ya sea en España o en Europa, fichar por un equipo que me ayude a seguir mejorando. Lo importante el primer año es adaptarse a las ligas de aquí, que son muy diferentes a la liga universitaria, y luego ir viendo año a año cómo mejorar y lo que podemos hacer”, subraya, comedida como siempre.

Porque Blanca no olvida: “Desde que me lesioné aprendí que nunca sabes lo que va a pasar, aprendí a dar lo máximo que pueda en el día a día porque los cosas irán llegando”.

Y apelando a la paciencia, sin miedo, valiente como siempre, la santiaguesa sí se atreve a trazar su particular horizonte: “Siempre le digo a mis padres que el tiempo que esté en Europa jugaré al baloncesto y en el momento en que tenga que empezar a trabajar me iré a Estados Unidos”.

En su sueño americano, ese que le ha permitido acabar tres carreras universitarias triunfar en la NCAA y que le abrió las puertas, aunque fuera por unos días, para vestirse la camiseta y para entrenar en un equipo de la WNBA… Ese sueño que concede oportunidades a quien pelea con honestidad y sin escatimar ningún esfuerzo.

Texto: Cristina Guillén // Fotografías: Bruno Rodríguez // Vídeo: Sabela Freire // Estilismo: María Verde // Vestuario: Juana Rique // Peluquería: Jose Iglesias // Maquillaje: Marta Arnoso // Localización: CSC do Castiñeiriño (Santiago de Compostela)